Lincoln: la eternidad de un
proceso
Sabía que era larga (casi dos horas y media), quién la dirigía
(Steven Spielberg), quiénes la protagonizaban (éste era un
punto de reclamo) y de qué trataba (promulgar una enmienda para la
abolición de la esclavitud)... Y aún así, la conseguí terminar de
ver.
Sinopsis:
Cerca
del fin de la Guerra Civil estadounidense (1865), el presidente
Abraham Lincoln (Daniel
Day-Lewis) se
propone, no sólo terminar con el conflicto bélico, sino también
consolidar la abolición de la esclavitud mediante una enmienda. El
problema es si debe hacerse antes o después de firmar la paz, puesto
que tendría diferentes repercusiones. Así, el objetivo principal
será asegurar el mayor número de votos a favor de la misma...
Con esta “idealización” del
proceso político por el que se busca la aprobación de dicha
enmienda, nos presenta el director a un presidente de los Estados
Unidos seguro de sí mismo, fiel a sus convicciones, sosegado...,
interpretado por un (como siempre) magnífico Daniel
Day-Lewis (El
Último Mohicano, En el Nombre del Padre, Gangs of New York, Pozos de
Ambición, etc,
etc,etc...); que profundiza en “el Hombre”, en la parte más
personal del presidente Lincoln.
Junto a él, su esposa Mary Todd,
bajo la apariencia de Sally Field
(Magnolias de Acero, No
sin mi hija, Forrest Gump... o
la aclamada serie Cinco
Hermanos), quien
constituye una buena elección para acompañar a Day-Lewis en esta
difícil situación, por su experiencia, su carácter...
En general, buenas
interpretaciones las de prácticamente todos aquellos que se asoman
por esta producción, muchos de ellos con largas trayectorias
cinematográficas y otros en el despegue de lo que prometen
desarrollarlas en un futuro no muy lejano (Tomy
Lee Jones, Joseph
Gordon-Levitt, David
Strathairn, o
Jackie Earle Haley,
entre otros).
Pero no sólo con buenos nombres
se hace una película, y aquí podríamos empezar a discutir acerca
de aspectos tan positivos como su ambientación o su dirección
artística, frente a otros más débiles como su extrema duración
(que pareciera suceder a tiempo real), un guión poco sustancioso, su
poco destacable banda sonora (más de lo mismo por parte de
John Williams, en
estos últimos tiempos) o incluso su dirección (aunque ya estemos
acostumbrados a esta vertiente de Spielberg).
Lo que podría haber sido el retrato parcial de un instante épico,
de un hombre único, se terminó convirtiendo (al humilde parecer de
una servidora) en una película excesivamente “edulcorada” (ya
cada uno utilizará el término repostero que más le cuadre), que
lleva a los espíritus más críticos a un nivel de hastío que
invita a dejarse abrazar en la oscuridad de la sala por el mítico
Morfeo.
Buena dirección artística, buena ambientación, buenas
interpretaciones... en una película no apta para diabéticos o para
quienes estén a régimen.
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