miércoles, 7 de agosto de 2013

Lincoln



 Lincoln: la eternidad de un proceso

    Sabía que era larga (casi dos horas y media), quién la dirigía (Steven Spielberg), quiénes la protagonizaban (éste era un punto de reclamo) y de qué trataba (promulgar una enmienda para la abolición de la esclavitud)... Y aún así, la conseguí terminar de ver.

Sinopsis:

   Cerca del fin de la Guerra Civil estadounidense (1865), el presidente Abraham Lincoln (Daniel Day-Lewis) se propone, no sólo terminar con el conflicto bélico, sino también consolidar la abolición de la esclavitud mediante una enmienda. El problema es si debe hacerse antes o después de firmar la paz, puesto que tendría diferentes repercusiones. Así, el objetivo principal será asegurar el mayor número de votos a favor de la misma...

  
  Con esta “idealización” del proceso político por el que se busca la aprobación de dicha enmienda, nos presenta el director a un presidente de los Estados Unidos seguro de sí mismo, fiel a sus convicciones, sosegado..., interpretado por un (como siempre) magnífico Daniel Day-Lewis (El Último Mohicano, En el Nombre del Padre, Gangs of New York, Pozos de Ambición, etc, etc,etc...); que profundiza en “el Hombre”, en la parte más personal del presidente Lincoln.
Junto a él, su esposa Mary Todd, bajo la apariencia de Sally Field (Magnolias de Acero, No sin mi hija, Forrest Gump... o la aclamada serie Cinco Hermanos), quien constituye una buena elección para acompañar a Day-Lewis en esta difícil situación, por su experiencia, su carácter...

    En general, buenas interpretaciones las de prácticamente todos aquellos que se asoman por esta producción, muchos de ellos con largas trayectorias cinematográficas y otros en el despegue de lo que prometen desarrollarlas en un futuro no muy lejano (Tomy Lee Jones, Joseph Gordon-Levitt, David Strathairn, o Jackie Earle Haley, entre otros).

    Pero no sólo con buenos nombres se hace una película, y aquí podríamos empezar a discutir acerca de aspectos tan positivos como su ambientación o su dirección artística, frente a otros más débiles como su extrema duración (que pareciera suceder a tiempo real), un guión poco sustancioso, su poco destacable banda sonora (más de lo mismo por parte de John Williams, en estos últimos tiempos) o incluso su dirección (aunque ya estemos acostumbrados a esta vertiente de Spielberg).
    Lo que podría haber sido el retrato parcial de un instante épico, de un hombre único, se terminó convirtiendo (al humilde parecer de una servidora) en una película excesivamente “edulcorada” (ya cada uno utilizará el término repostero que más le cuadre), que lleva a los espíritus más críticos a un nivel de hastío que invita a dejarse abrazar en la oscuridad de la sala por el mítico Morfeo.

    Buena dirección artística, buena ambientación, buenas interpretaciones... en una película no apta para diabéticos o para quienes estén a régimen.

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